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Carlos Frías me ha sugerido que aproveche su prólogo para una declaración de mi estética. Mi pobreza, mi voluntad, se oponen a ese consejo. No soy poseedor de una estética. El tiempo me ha enseñado algunas astucias: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaismos y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas; intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector; simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa, la memoria no lo es; narrar los hechos (esto lo aprendí en Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo; recordar que las normas anteriores no son obligaciones y que el tiempo se encargará de abolirlas. Tales astucias o hábitos no configuran ciertamente una estética. Por lo demás, descreo de las estéticas. En general, no pasan de ser abstracciones inútiles; varían para cada escritor y aún para cada texto y no pueden se otra cosa que estímulos o instrumentos ocasionales.

J. L. B. Prólogo a su libro Elogio de la sombra. Fragmento. Buenos Aires, 24 de Junio de 1969*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Borges, Jorge Luis (1989): Obras Completas II. Barcelona: Emecé Editores.

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