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Su mamá le había vuelto a dar un tupper con la comida para el recreo. Qué vergüenza, pensó Benjamín, que a sus once añitos, todo lo que lo diferenciara de los demás era tabú. Los otros chicos traían unos pesos y compraban en el almacén golosinas y sandwiches empaquetados y cool. Él, en cambio, unos panes de cebada y sushi, porque su mamá era muy consciente de una dieta biológica y saludable.

La miró con resignación al recibir su lonchera con la exigencia de un beso. Se lo dió sin mucha emoción. Por lo menos su mamá sí que era cool, morena y joven, con una larga cabellera que terminaba en rizos. A él le encantaba mirarla salir de la casa con paso ligero a hacer la compra, poniéndole gracia a cada pliegue de esas túnicas tan bonitas que solía vestir. –Algún día valorarás tu tupper –unos ojazos negros rasgando la sonrisa.

Cuando llegó al colegio se enteró de que se había planeado una excursión sorpresa. Irían a ver un espectáculo inédito: un hombre que contaba cuentos de una manera nunca oída, nueva. Volverían pronto, era sólo una pequeña vuelta hacia los suburbios, cerca del monte.

En la pradera se amontonaba ya una multitud de niños, de mujeres, y por supuesto, de hombres. Benjamín no llegó a recordar nunca las historias de ese hombre, pero eran tan buenas, que el tiempo volaba y llegó y se pasó la hora del almuerzo. Sus compañeros empezaron a echar ojeadas al zurrón abultado de Benjamín, que se apresuró a moverlo hacia adelante y poner una mano encima. Claro, ahí no había kiosko y ahora empezaba a tener buen olor la ternura de su madre. Pero él no comería solo su vianda y aunque quisiera, no podría convidar a todos, así que ignoró un rezongo de su estómago y siguió escuchando.

Después, todo sucedió muy rápido. Parece que al cuentista se le olvidó el tiempo, y sus colaboradores, muy preocupados por contentar a la gente, comenzaron a circular entre la multitud de mujeres, de niños, y de hombres preguntando quién tenía algo para comer. Algunos levantaban unas monedas con gesto de impotencia. Y nada. Veinticinco mil personas y nadie había traído nada. Por lo menos así decían. La poca altura de Benjamín le permitió oler el zurrón de una matrona que estaba justo adelante de él: de ahí se desprendía un olor suave a pollo al horno… Sea como fuere, nadie tenía o estaba dispuesto a compartir su lonchera con los demás. Benjamín pensó en su mamá, en esos ojos oscuros en los que se reflejaba un instante su culpa después de una travesura. Y al otro instante el perdón. Pensó en el calor de esa mirada generosa que le empacaba todos los días su comida y un adicional para que él pudiera convidar al que quisiera. Y pensó también en las manos que se tendían hacia él después de haber devorado golosinas y agotar sus bolsitas de dinero…

No lo dudó más, se levantó de un salto y tomó la mano del hombre rudo que pasaba a su lado. –Tengo cinco panes y dos peces, -le dijo.

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