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Con sus retorcijones de nubes, se anunció la tormenta de verano. Después, flashearon los relámpagos, antes de herirnos los oídos y obligarnos a ocultar el cuello entre los hombros. Como un campo de cebadilla en movimiento, primero lejos, después cerca, siguió la lluvia. Y un olor a tierra húmeda se metió por la nariz hasta el fondo del cerebro. Para que captáramos la idea primigenia: habíamos sido bendecidos con el agua elemental.

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Foto: de mi cosecha. Tormenta de verano en Graz.

 

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