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Una oleada de calor te zarandeó casi cuando abriste la puerta. Ipso facto las botas comenzaron a desprender piedritas y nieve derretida. El pasillo de entrada acusaba las muchas huellas de otros bienvenidos a casa. Qué fastidio la nieve en la ciudad. Pero aunque siempre repetías ese comentario, que se te antojaba tan placativo y tan lúcido -a vos la nieve te gustaba en el campo, con sus paisajes de postal, no en la ciudad, donde era tan sucia- hoy te habías levantado reflexiva: ¿que sabías vos acerca de la nieve en el campo, donde no pasaba la máquina recolectora y tenías que hacer ese trabajo a fuerza de pulmón, o quedarte encerrado días enteros en su defecto? Qué superficial puede ser el lenguaje de relleno, eso que llaman small talk. Y qué injusto. No lo dirías más.

Ahora, a sacarse todo lo que el invierno te pone encima: gorro, guantes, chal, pareo de lana sobre el pantalón, botas, medias de lana… Una mirada al espejo: los rulos deshechos y aplanados por el gorro, el maquillaje chorreado por las lágrimas de los menos siete grados, los anteojos empañados.

¿Existe alguna remota posibilidad de ir a la calle elegante en invierno?

Pero por lo menos en la calle entrás en calor, si no dejás de moverte o no te toca esperar a alguien. Aunque esto tiene también sus desventajas, ya que si debajo de todas esas capas entrás a sudar, no es tan práctico. Pero es menos práctico si vas de compras, y para probarte algo tenés que pasar repetidas veces por todo el procedimiento que te conté y además, ahí sí que sudás tipo caribe porque los negocios mega calefaccionados tienen 30 grados centígrados de diferencia con el exterior.

¿Y cuando estás en casa? En cuanto te sentás frente al computer y empezás a trabajar… precoz, infalible, ineludible; irremediablemente seguro te va invadiendo el frío. Ese frío que no podés compartir con nadie porque nadie lo siente como vos. Es ese frío que te obliga a buscar el chal mas grande que tenés, a enrrollarte otro en la cintura, a usar sin excepción cuello polera desde el septiembre hasta el junio centro-europeos… El que hace que tengas sólo una blusa en el armario porque quién quiere vestirse de verano… El frío que no es combatible porque no es él el culpable sino tu cuerpo que por alguna razón no produce calor.

Y todos tus miembros comienzan a contracturarse, a encogerse. Tu cabeza ya no sale del polo-tortuga y tus hombros guardaron tu cuello dentro de su estuche hace rato. Las piernas, tres veces cruzadas intentan en vano calentarse mutuamente. Las manos van de los bolsillos a enrollarse en el chal. Sólo el teclado del computer es benigno, caliente como una estufita, con ese calor de artefacto en funcionamiento.

Y llega la noche y con ella la cama fría. Y tu cuerpo no es capaz de calefaccionarla. Más ropa: pijama, camisetas, medias, chales… Envidiás a los perros porque tienen una piel incorporada. ¿O no los envidiás porque esa aseveración es como la nieve en el campo? ¿Qué sabes vos de cómo sienten el frío los pobres perros?

Y no te queda mas remedio que esperar al verano. Te consuela la belleza de la naturaleza quieta.

eisterne

Foto: Estrellas de hielo sobre el parabrisas del coche en Graz. Enero, 2016.

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