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Cuando tenía sólo un año, Marga se tragó un alfiletero. Hasta entonces había dicho pocas palabras, pero a partir de ese momento sólo salían agudezas de su boca. La cosa es que, como en esa época no sabía decir “alfiletero”, a sus padres se les pasó el episodio y a ella no le quedó más remedio que convivir con un estómago filoso.

Por lo menos, eso le dijo a su maestra después de un reto, cuando estaba en segundo grado. Con la cara seria y aire de “le cuento un gran secreto”, la dejó sin palabras. ¿Es precoz en su entendimiento del mundo o es simplemente insolente? ¿O estará del mate, esa nena?, ¿o del estómago, más bien, como ella dice?

Lo cierto es que lo estampó en el cuaderno de comunicaciones para que lo trajera al día siguiente firmado por sus padres. Y lo trajo. Con la firma de los dos progenitores y ningún comentario más.  No: si la señorita no había descubierto América. Marga era aguda y todos lo sabían.

Y siguió aguda unos cuantos años más hasta ponerse como una pasa de viejita. Dicen que los campesinos pinchan las uvas para que se pongan más dulces. Bueno, Marga era como una uva pinchada, pero muy ácida.

La cosa no era un gran problema, porque vivía sola. No conversaba con casi nadie. Compraba en el supermercado e ignoraba olímpicamente los saludos navideños de la cajera. O del empleado del banco, cuando iba a recoger su jubilación. Porque Marga había trabajado y había sido muy eficiente en el control de calidad de una fábrica de ropa. Le había encantado su trabajo, con el alfiletero en la mano y tres o cuatro alfileres en la boca cerrada como la de un bulldog, iba marcando las fallas; y no podía, literalmente, hablar con nadie, porque se le caían las agudezas. Era mejor que no abriera la boca.

Pero Marga murió dulce. Porque un día le descubrieron cálculos en el estómago y la tuvieron que operar de urgencia. Fue porque se descompuso en la panadería y la llevaron al hospital. Por primera vez en su vida, alguien se ocupaba de ella. Era Trinidad, esa enfermera gorda que chorreaba experiencia por todos los poros. Desde el primer momento, Trinidad le dejó bien claro quien mandaba ahí. Tan claro que se tuvo que tragar la primera agudeza y no se atrevió a soltar otra. Espantada, miraba hacer a esas manos diestras, desde debajo de su colcha. Y le gustaba, sí, que la mimaran y la cuidaran. Especialmente después de la operación.

Y por eso, el día que le dieron el alta, cuando esperaba a la ambulancia que la llevaría a su casa y conversaba plácidamente con los nietos de la señora de al lado, se le escapó la confidencia. Cuando ella tenía un año se tragó un alfiletero y como nadie se dio cuenta y ella no sabía esa palabra, tuvo que convivir con él toda la vida. Y recién ahora, imagínense, se lo sacaron.

Se hicieron amigas con Trinidad. Tanto, que ella le sostuvo la mano cuando Marga se despidió de este mundo.

Mafalda_alfiletero

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