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Hace unos días vi por segunda vez la película sobre el libro de Tolkien, “El señor de los anillos”. En seguida me llamó la atención la frase del monólogo inicial de Galadriel:

 

I amar prestar aen (El mundo ha cambiado)

han mathon ne nen (lo siento en el agua)

han mathon ne chae (lo siento en la tierra)

a han noston ned gwilith (lo huelo en el aire)

Mucho se perdió entonces,

porque nadie vive ahora para recordarlo.

 

Este prólogo no existe en el libro de Tolkien. Por otra parte está claro que la película se tenga que decidir por un monólogo introductorio que explique mucho de lo que las más de mil páginas de la famosa trilogía no nos podrían mostrar en imágenes.

En ninguna parte de la red encontré la información sobre el autor de ese escrito que es furor entre los fans* (a lo mejor alguien me puede ayudar). Sea como sea, el lenguaje elfo del comienzo de la película parece ser una invención de los productores; y llama la atención que la Warner Brothers haya trabajado tanto en este film (no en vano recibió cuatro oscars).

Quería dejarte hoy con este pensamiento “mucho se perdió, porque nadie vive para recordarlo”. Y es que el hombre vive de su cultura y la cultura es guardar (custodiar) el recuerdo. El recuerdo se puede perder por las razones que da Galadriel (nadie vive para recordarlo) o porque ya no nos parece valioso y digno de ser recordado. Y sin embargo, la identidad de una nación o pueblo se conforma de sus recuerdos y la fiesta es celebrarlos**. Qué pena que algunos intenten cambiarlos por otros, que les resultan más atractivos (ejemplos tenemos muchos, como el de la Unión Europea que niega las raíces cristianas de una Europa que está sembrada de iglesias; o el de Cristina Kirchner, que quita la estatua de Colón).  Las raíces no se pueden suplantar, aunque a veces los recuerdos no son tan buenos como quisiéramos. De cualquier manera, resulta un reduccionismo pretender “quitar” a un personaje histórico porque haya tenido fallos, quizás grandes, o no corresponda con tu ideología. Podríamos así pasarnos reescribiendo la historia.

Me gustó mucho la metáfora de un famoso filósofo suizo: si nos subimos a un árbol frondoso y desde la cumbre miramos al mundo, nos quedamos admirados de tanta belleza; sin embargo, si desde allí mismo, miramos hacia abajo, al tronco, descubrimos ramas quebradas, torcidas, cosas secas. Sería tonto, entonces, pensar que el árbol no vale porque hay cosas malas que lo conforman: el todo es ese enorme árbol que, a pesar de los avatares, tormentas y noches heladas, se levanta grande sobre sus raíces y pervive dando savia a sus hojas a pesar del follaje ajado***.

 

* Sólo un ejemplo: http://gandylon.jimdo.com/der-herr-der-ringe/

** https://inescasillo.wordpress.com/2013/11/08/celebrar-la-memoria/

*** Rohnheimer, Martin (2012): Christentum und säkularer Staat. Freiburg: Herder.

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