Etiquetas

, ,

Tipeaba un tanto histérica en su compu porque la entrega era en tres días y aún no tenía una idea cierta de la cuestión. En esos casos, cuando no encontraba un hilo conductor y la desesperación le llevaba a pensar solamente en las horas de trabajo que faltaban para el deadline, aplicaba su último recurso: comenzar a escribir de todas formas, sin ideas, sin esquemas claros, sin hipótesis y sin rumbo. La cabeza le hervía y aunque estaba prohibido fumar, la lata de coca cola lucía ya tres colillas y el vidrio lechoso de su oficina se había tornado aún más opaco para sus vecinos. Al primero que abriera la puerta le diría un no rotundo. A lo que fuera. En vez de concentrarse, se regodeaba en el no rotundo y se imaginaba la cara de Susana, la de la oficina de al lado, al acusar recibo. Pero bueno, no puede una ser siempre orejas ni hacer de chepibe para cualquier asunto.

En esas estaba, entre la cara de Susana y sus tres frases confusas cuando a un golpe estridente a la puerta siguió, sin esperar ningún permiso, la cara sonriente de su hermano. Ella se quedó de una pieza y abrió la boca para decir algo pero no le dio tiempo. ¿Qué hacía este loco en su puesto de trabajo? –Che, ¡espectacular la tele que me regalaron para Navidad, flaca! ¡Mil gracias!, ¿Pero quién les sopló que queríamos una nueva? Impresionante, super buena definición, pantalla casi como de cine, CD recorder, le podés poner el pen driver… ¡les debe haber salido un ojo de la cara! ¡Y tan espléndidos!, imaginate que yo a vos y a Santiago les regalé sólo un billete de la lotería. ¡Genia! De verdad, cómo explicarte… –a Laura se le había caído la mandíbula y le sudaban las manos, aún sobre la computadora. Alzó las cejas como preámbulo para interrumpir el chorro de palabras pero otro golpe enérgico en la puerta, otro abrir y cerrar y otro torrente de palabras la dejaron fuera de combate –¡Laura!, ¡No podía dejar de contarte ahora mismo lo que Julián me regaló para Navidad! –como siempre, Soledad, te desarmaba con su simpatía, y la pobre Laura, a la que al principio se le había caído la mandíbula, se encontró de pronto con este hueso de nuevo en su lugar, y muy activo, compartiendo el viaje que Julián le había regalado a su amiga con el televisor nuevo de su hermano.

Un golpe distinto anunció a su jefe, pero éste sí esperó su –paseee,  -un poco impaciente, antes de bajar el picaporte y abrir la puerta. La cara divertida de Laura lo desarmó, si es que había tenido la leve idea de hacerle un reproche, quizás por lo de la coca cola, y escuchó alucinado lo que su empleada tenía que contarle sobre tecnología y la isla de Pascua.

Pocos párrafos y muy confusos logró producir Laura ese día. Alterada, nerviosa, la imaginación se le iba al viaje maravilloso de su amiga. El deadline era en tres días. ¿Sería posible? Cada vez lo dudaba más.

La lluvia de agua fría llegó al día siguiente, que en principio auguraba ser exactamente igual que el de ayer: hipnótico, confuso, estéril. Esta vez un carraspeo serio anunció el golpe, que sonó bien fuerte. La mala conciencia de Laura le sobresaltó cada uno de sus pelos, y arrojó unos ojos culpables al encuentro de los de su jefe.

-Laura, venía a decirte que lo de ayer no puede suceder nunca más. Y que WhatsApp está prohibido en la oficina.

whatsapp

Anuncios