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Dejó su mirada acariciar el horizonte. Lo hizo aposta lentamente, para vendar, con el algodón de su compasión, las heridas que habían quedado en ese paisaje. Cogollos quemados hasta la raíz, aún humeantes, en toda la extensión del encuadre de sus ojos. Se llenó de ternura hacia la naturaleza maltratada. Todo parecía muerto. Después, tomó el azadón y puso manos a la obra. La lluvia benigna y ese fondo nutriente que él sabía escondido en la tierra harían el resto.

quema

 

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