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Se levantó con paso cansino a abrir la puerta, poniéndose a las rastras una chancleta que medio se le había salido.

Pasará a mi lado sin casi prestarme atención, y en vez de saludar, dirá que está reventado.

Y dijo sin emoción, como de pasada -hola amor.

Teodoro había tocado la puerta después de una pequeña vacilación. Volvía a su hogar. ¿Tenía ganas? En vez de la carita risueña y los ojos chispeantes con los que se había casado, ya hacía de eso cuatro años, lo saludaría una mujer desgreñada, con los párpados caídos y la cara lavada.

Me dirá algo sin mirarme a los ojos y se apartará para darme paso.

Y dijo, tampoco emocionado –hola. Tuve un día de perros, estoy reventado.

Acerté. –Ahora preparo la cena, los chicos ya duermen. Venís más tarde que de costumbre.

¿Ahora yo soy el culpable por tener que irme a laburar y traer la plata a casa?

Pero no dijo nada, sino que siguió hasta el living, se sacó los zapatos y encendió el televisor, dejándose caer en el sofá de mal humor.

La mujer siguió hacia la cocina al mismo ritmo cadencioso.

Te interesa más lo que dice ese aparato que escuchar a tu esposa, que se la pasa bregando todo el día, cocinando, fregando, de acá para allá con los chicos…

-¿Me ayudás a poner la mesa? –Silencio en el living y ruido de televisión. Apareció en la puerta, esta vez con un delantal y de mal humor –¿estás sordo? ¿Me ayudás con la mesa?

-No, no estoy sordo, sólo reventado. ¿Será posible?, ¿es que no lo ve?

Siguió una cena muda, con alguna pregunta retórica. –Parece que te gusta, porque comés bien. –De verdad que era muy difícil soportar la ironía de esas palabras. Pero tampoco era fácil aguantar su infinita indiferencia. –Está bueno, -concedió y siguió laborando con los cubiertos.

Más silencio.

-Bueno, me voy a la cama. A lo mejor podés fregar la vajilla. Podría contarte que eso mismo estuve haciendo todo el día, entre otras mil cosas, como planchar tus camisas, pero como no te interesa, me conformo con eso.

Graciela se levantó y por unos instantes los ojos de los dos se cruzaron por primera vez. Algo brilló durante un segundo largo. Algo parecido al amor.

¿Será verdad que está reventado?

¿Puede ser posible que las tareas de la casa sean tan cansadoras?

Teodoro salió a la terraza, a fumar. El aire refrescó la batalla que le estaba dando la cabeza y la rebelión que sentía. Se tenía lástima. Pero nadie parecía percatarse de todo lo que se sacrificaba para sacar adelante a la familia. Y de premio, una cara lavada, unos ojos indiferentes, una lengua irónica.

No se dio cuenta exactamente cuándo empezó a soñar. Iba por un laberinto que cada vez se angostaba más. La mujer corría adelante y él la seguía, pero sus pasos se adherían a la tierra y no avanzaba. Claro, ¿quién puede correr con un paro cardíaco? Sabía que tenía que alcanzarla porque con ella se le iba la vida. Graciela podría llevarlo al hospital, cuidarlo, sanarlo. Moriría si la perdía. ¡Graciela, Graciela! Su imagen se alejaba de él cada vez más. Era imperante alcanzarla antes de que fuera tarde. Sentía que su corazón dejaba de latir… Se despertó bañado en sudor.

Toda la noche la pasó en la terraza. Algo, en su interior se había conmovido tremendamente. Se estaba muriendo y necesitaba ser salvado por la belleza. No por una carita risueña ni unos ojos chispeantes, sino por el mar inmenso que él había amado siempre en la proyección de esos ojos, en la luz de esa cara. ¿Sería demasiado tarde?

En la claridad de la madrugada entró en su habitación. Graciela dormía y soñaba inquieta. La frente contraída, se quejaba bajito. Alcanzó a escuchar su nombre entre palabras confusas. Se quedó un buen rato velando el sueño de su esposa, de pie, al lado de la cama. Estaba como inerte. Sólo podía mirarla. Por fin se cambió y salió a la oficina. Ya hacía meses que Graciela no ponía el despertador para hacerle el desayuno.

Las seis de la tarde. Teodoro tocó el timbre de la puerta de su casa y esperó. Oyó pasos en el pasillo.

-Hola, amor. -Adelantó el ramo gigante de rosas, un poco avergonzado. Por lo de ayer y por lo de tantos meses. Su mujer acercó las flores a la cara para aspirar el aroma intenso. Detrás de una masa de pétalos rojos le sonreían ahora unos ojos chispeantes, en los que ni el maquillaje ni el rimel de las largas pestañas lograban ocultar la sombra de las ojeras de una, de muchas noches de penas. No importaba nada ya. También los soldados llevan estigmatizadas en su cuerpo las cicatrices de las victorias.

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