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Se levantó esa mañana y durmió de un tirón toda la noche. Después se acostó y puso el despertador. Era necesario madrugar al día siguiente. Merendó y volvió de la universidad. Disfrutó las clases, tenía dos grupos de alumnos muy despiertos por la tarde y daba gusto enseñarles. Al medio día almorzó algo rápido porque quería ir a trabajar un rato a la biblioteca. La clase de la mañana era su favorita ya que la gente no era tan novata y podías discutir muy bien con ellos esos temas de actualidad Latinoamericana, que de eso iba la clase. Caminó hacia la universidad, disfrutando el solcito del primer otoño y el murmullo de las hojas caídas bajo las plantas de sus pies. Sentía el aire embalsamado de esencias fuertes, esas de cambio de estación, que te traen a la memoria otros cambios de estaciones de otros tiempos, pegados a recuerdos. Una vez que se actualiza uno, se abalanzan con él una decena más, acechando las neuronas del olvido para volver a la vida. Arregló las cosas antes de salir, la cartera, la llave de la universidad, el stick y la cartuchera, las carpetas, los apuntes. ¡Ah! Y el sándwich que se comería a la hora del almuerzo. Desayunó esta vez sin prisas, estaba todo preparado. Después se levantó y durmió toda la noche de un tirón.

Siguieron muchos días iguales. La diferencia era que la piel se le fue estirando y poniendo tersa y le desaparecieron las arrugas. Se sentía mejor y rejuvenecida. Poco a poco fue rehaciendo su vida. Esa vida tan plena le pertenecía y quería vivirla a full, super consciente de lo que hacía. Nada de decisiones erróneas. Tenía que arreglar todos los enredos y deshacer todos los entuertos hasta llegar a la meta.

Dejó de ir a trabajar pero seguía en la universidad. Desde su banco escuchaba con mucha atención la clase. Su experiencia le señalaba los errores del profesor y le permitía descubrir también los puntos en los que su colega de ayer patinaba un poco. A veces le entraba la risa o el profesor le descubría una sonrisa irónica y enseguida le lanzaba la pregunta fulminante, que ella respondía con seguridad y acierto. Con el tiempo dejaron de preguntarle: quizás no se atrevían. Total, ella también dejó la universidad y se inscribió en el bachillerato.

Más tarde le crecieron los dientes de marfil y después se le cayeron los de leche. Este mal infantil fue más doloroso desde su experiencia de adulta. Y ella seguía y seguía, lenta pero segura hacia su fin. Disfrutaba a tope cada semana, cada año de su vida, que poseía en toda su extensión y manejaba a su gusto. ¿Cuál era su meta?

Eso de jugar con colorines en el jardín de infantes le fascinó. Pensaba que tendría que esforzarse por no dibujar muñecos de adulta, ensayar trazos rudos y manos compuestas de un círculo y unos palotes, a veces más de cinco. Pero no hizo falta porque a sus manos regordetas le faltaba la ductibilidad que da la virtud. Entonces dibujó arte abstracto a trochi y mochi. Se dio el gusto, por una vez, de pintarrajear todo lo que le dio la gana.

Faltaba poco, faltaba poco para el día deseado. Todavía vivió la separación, esa tarde en que había aprendido a caminar. Pero también ése día pasó.  Por fin, su madre la tomó en sus brazos y la apretó con amor a su regazo. Con una voz muy dulce entonó esa nana que tenía estigmatizada en su alma y la acunó hasta que se quedó dormida mientras le susurraba: sos toda de mamá, te comería a besos. Ahí se quedaría, quietita, para siempre. Había llegado, por fin, a su meta.

monigote

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