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-Quiero este modelo, pero en número treinta y nueve y tres cuartos. –La seguridad del tono obligó al empleado a obedecer y comenzar con la búsqueda. Sólo un instante. Qué absurdo. La miró otra vez. Abrió la boca, pero su mente buscaba aún la palabra solícita de vendedor.

-Ese número se lo debo. Tenemos cuarenta. Es lo más cercano a lo que me pide. Se lo puede probar, es un modelo angosto. Segurísimo que le queda bien.

-Mire joven, no me falte usted el respeto. Ya se ve en qué siglo vivimos. Antes se respetaban las canas. No voy a probarme el número cuarenta porque no calzo cuarenta sino treinta y nueve y tres cuartos. Y si usted no es tan amable como para decirme abiertamente que no lo tienen, me voy al negocio de al lado.

El joven se mordió el labio inferior con los dientes superiores. Y sonrió, cansado. El cliente es el rey. Cuántas veces lo había oído. Su mente rápida de negocios comprendió y decidió cambiar la estrategia.

-Bueno, si es así, pruebe el número treinta y nueve. Es un zapato cómodo y el cuero cede con el uso en menos de una semana. Es lo bastante ancho como para albergar un pie unos milímetros más grande. -¿Contradicciones?

Como el príncipe del cuento, el empleado tomó un calzador y embutió el pie que le presentaban en el zapato. Entró.

Toda la semana tuvo dolor de pies. Pero no pensaba en cambiarlos. Eran tan lindos los zapatos. Y además, hay cosas que son incuestionables. El límite más alto de número que puede calzar una dama es treinta y nueve. Todo lo demás es inaceptable. El número cuarenta la había perseguido desde su adolescencia como un fantasma negro del mal gusto y de vergüenza. Eso le pasaba por vivir en un país en que la mayoría descendía de españoles (con sus pies pequeños, elegantes y flacos) y de italianos (igualmente pequeños, pero anchos y groseros). La sangre alemana en sus venas la dotaba de pies grandes y anchos. Los dos males juntos. Pero estos secretos quedaban entre ella y su alma. Sin embargo, cuando saludaba a alguien, se daba cuenta por dónde iban los tiros. No, no. Si ella no era ninguna tonta. Irremediablemente la mirada ajena iba de la mano tendida hacia sus pies. Y sabía muy bien el juicio temerario que estaba emitiendo ese sujeto en ese preciso instante: son cuarenta. Por eso ella tenía tan pocos amigos. Porque ante semejante abuso, siempre retiraba la mano y comenzaba con lo de “mire joven, antes se respetaban las canas…” o algo por el estilo. El mundo parecía empeñado en recordarle su único defecto.

En la escuela había sido el tema de siempre. Ahí va con sus canoas. ¿Querés que te preste un remo? Guarda que viene el Nautilus.

Por eso ella seguía gastando veredas con sus treinta y nueve. Y su bastón, apoyando justo ahí donde más le dolía el zapato.

Con el tiempo, la presión de sus dedos y uñas modeló un agujero en su pie derecho, el más expuesto. Más tarde le ocurrió lo mismo en el izquierdo. Animada por el alivio, siguió del supermercado a su casa y de su casa al supermercado. Los zapatos eran muy lindos y ahora ya no dolían. Hasta que un día en la cola del colectivo, una señora, queriendo ser amable y para hablar de bueyes perdidos, que es lo que se conversa en esas situaciones y otras parecidas, la miró y le comentó –Mire, yo que usted, la próxima vez me compro un número más. A ver, sí: creo que usted calza lo mismo que mi nene. Tiene catorce y acaba de dar el estirón, de treinta y ocho, pasó a cuarenta. Pero yo me sé muy bien las estrategias de los vendedores. Seguro que usted pidió cuarenta y el muy cretino del empleado, como se le había acabado en ese número, la convenció a usted, tan inocente, para que llevara el treinta y nueve. Le habrá dicho un montón de cosas que a usted le halagó oír: que las damas no calzan más de treinta y nueve, que el cuarenta jamás se oyó decir, que es un modelo ancho y entra cualquier pie, aunque sea unos mílimetros, no más, más grande; que el cuero cede en unos días… habrase visto, la engañaron porque usted ya peina canas. Esta juventud. No hay derecho. Blablablá, blablablá.

Desde la primera frase quería interrumpir. Mostrar su indignación como tantas veces. Y soltar sus frases consabidas y favoritas: “oiga usted señora, ¿no se ha fijado en mis canas? Este mundo se va al horno”. Pero la otra no le dió oportunidad: hablaba sin comas y sin respirar para que el interlocutor, su oponente (ella lo veía perfectamente) no pudiera colocar nada. Y efectivamente no pudo decir nada. El colectivo llegó, subió y agitó la mano mientras la otra aún sentía la vivísima necesidad de darle unos últimos consejos: -Yo que usted voy a la zapatería y hago un escándalo. Habrase visto. Esta juventud… -Mientras se alejaba, veía que seguía murmurando y gesticulando, esta vez para sí misma. Por suerte esperaba otro colectivo.

El viaje al Once era largo pero ese día se le hizo corto. Era como si alguien hubiera abierto una ventanita de su alma. Y por allí hubiera entrado aire fresco. Y mariposas y sonrisas.

Entró al negocio y saludó al joven. A ambos lados de su boca, dos arrugas se levantaban hacia arriba.

-Ah. Usted por acá otra vez. Que tenga usted un muy buen día. Hace como medio año que no aparece. No es milagro, es la calidad de nuestros productos. –Y con sonrisa cómplice, mirándole los pies, le dijo: -Usted está buscando seguramente el número treinta y ocho.

-No, jovencito. No me halague. Tráigame este mismo modelo, por favor, pero en número cuarenta. –A las arrugas de las comisuras se había sumado un guiño brillante de sus ojos ancianos.   

cuarenta

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