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Cuando se levantó esa mañana vió que le había crecido un ala en la espalda. Una sola. Qué poco romántico, pensó. ¿Qué voy a hacer con un ala? No podría volar. Su cuerpo asimétrico despertaría la atención de todo el mundo. Le preguntarían muchas cosas: quién la había mutilado, si había estado en la guerra. ¿Qué guerra? Una guerra. Cualquiera. había tantas.

Agitó ese apéndice de su cuerpo y su pie izquierdo (el del lado del ala) dio un pequeño saltito en el aire. Funciona. Pensó. Era muy linda el ala. Blanca, se alzaba por encima de su cabeza en punta. Las plumas tersas sabían a seda entre las yemas acariciantes de sus dedos.

En la escuela, sus compañeros acogieron con desconfianza ese cambio. ¿Se cree más por tener un ala? Una sola. Si no puede volar, como nosotros. Y la espiaban de reojo, pero no se atrevían a decirle nada. Arrogante. Murmuraban. Siempre apuntando hacia arriba. Si al principio le había parecido hermoso tener un ala, ahora le rebelaba ese regalo. Incompleto. Ni chicha ni limonada. En la tierra y en el cielo. Entre medio.

Tuvo que hacerse un agujero en las camisetas y en los pulóveres y en los vestidos, para poder sacar el ala por la espalda. Y bien que le costaba meterla por ese orificio, ya que un ala no se desliza ligera como un brazo sino que todas las plumas frenan la tela y hacen fuerza en dirección contraria. Y se estropean si usás la fuerza, ajándose y quebrándose.  Tuvo que inventarse maneras de hacerlo: embutir el ala en una media y con esa especie de forro, contenidas todas las plumas, atravesar el agujero. Y al pulover se le saltaban los puntos cortados y seguía la carrerita hasta abajo y toda la ropa perdía su forma primigenia, de tanto estirarla para todos lados.

Lo peor era cuando se ponía el abrigo de invierno. Porque a éste no quería cortarle un trozo de tela, e intentaba doblar el ala en dos pliegos y ponerse todo por arriba. Pero los botones de adelante tiraban de sus ojales como si estuviera gordísima. Y la sangre le cosquilleaba, entumecida, por la falta de movimiento. El colmo era que en la espalda, en vez de ala, aparecía una joroba inmensa. Ahora la gente en el colectivo la miraba con compasión. Y le cedían el asiento.

Pasaron muchos días. Años. La gente se fue acostumbrando a su figura. La costumbre de tener que pensar en los demás, en cómo explicarles personalmente la razón de la señal, aplicada al caso particular de cada uno,  la hizo suave, deferente. Llegaba a alguna parte primero su sonrisa, anunciadora. Algunos ni se daban cuenta de que tenía algo especial. Otros pasaban por alto sus ojos brillantes y buscaban sólo el defecto: el ala. Pero con el tiempo, hasta éstos se ablandaban y circulaban paulatinamente de las plumas al alma. Significante y significado. Solía entretenerse algún tiempo del día meditando en cada uno, tratando de unir los cabos que su ala, siempre, estaba señalando. Cielo y tierra. Abajo, Los pies en la tierra parda, donde crecen las florecitas; y en los caminos, escuelas, fábricas, reandados con pasos trabajadores e industriosos. Y siempre la mirada puesta en lo alto, de donde espera la tierra el agua vivificadora. Por fin había comprendido. Y con la luz vino el agradecimiento. Y con el agradecimiento la tarea.

el ala

 

 

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