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Voy por la calle presurosa, como siempre. No hay tiempo que perder. Estrena el verano su primer calor. Sólo en la superficie de la piel: se complace en no agobiar. Por ahora.

De pronto, al dar la vuelta a la esquina, me sorprende un olor a mi infancia. Y lo sé: Bariloche, una tarde de verano, cruzando un baldío. El sol de las alturas curte la piel con un moreno oscuro y desprende esencias inusitadas en la tierra suelta de polvillo de hojas. Zumban las avejas en las mutisias naranjas y fucsias. Aspergen los pinos el aire caliente en sus agujas polvorientas.

Del arcano fondo de mi alma sube la imagen de la memoria. Negándose a las pupilas, me trae el instante preciso en la impronta sensorial de lo experimentado… en el dorado tiempo de ayer. Durante un instante. Abro los ojos y soy incapaz de reproducir una vez más ese efímero momento de gloria.

¿Nostalgia? Si, pero también plenitud. Porque en los mapas del mundo que gastaron mis suelas y dejaron atrás, tu presencia no pasa. Nunca.

Naumann_Winterhalter_Flores de bariloche

Foto: dibujo de una mutisia en el libro de Konrad Naumann Etienne y Martin Naumann (1963): Flores de Bariloche: Editorial Libreria Naumann.

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