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Las cataratas de sus ojos habían avanzado mucho. Todos la veían tropezar y pegarse contra algo. Una y otra vez. Meses así. Sólo la vieja no se daba cuenta y seguía pensando que el verde fuerte era verde pálido y que los hombres por la calle eran igualitos a los árboles, sólo que caminaban. Hasta que la junta de médicos se hartó de semejante irresponsabilidad y dijo basta. Hace falta una operación de urgencia. Cambiar los cristalinos de esos ojos ciegos por unos nuevos, transparentes, para que ella pueda volver a ver más allá de su nariz. No podemos contemplar con los brazos cruzados cómo se rompe el alma a tortazos por ahí.

Pero convencerla… ¿quién se lo iba a decir? Tantas veces lo habían insinuado. Más tarde se lo decían abiertamente. Pero nada. No quería enterarse. Estaba cómoda así –decía. Veía lo suficiente para el resto de los años que le tocaban vivir. Y la vieja en sus trece.

Al fin no hubo otro remedio que hablara el médico jefe. Llenó el silencio la autoridad de su palabra. Hasta los bordes. Del susto que le dio, ella se cayó al suelo y la tuvieron que recoger de ahí, medio descalabrada.

Dos escamas de ámbar lechoso quitó el médico. Paseó sus ojos desganados acariciando el horizonte creado para ella en ese mismo momento. Y vió a los hombres. Y vió los árboles. Y vió todo lo que llevaban los hombres colgando del alma.

Pagó al médico jefe una buena propina. Y además se quedó a ayudarle en su consulta. Había mucho trabajo.

escamas

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