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La ironía comienza su historia en la retórica clásica, cuando Sócrates la hace base de su método mayéutico. Se compone tradicionalmente de los antagónicos, eirón y alazón, y consiste en lograr, a través de un procedimiento irónico, que el interesado descubra su realidad, es decir, constatar el “sólo sé que no se nada”, para luego extraer del mismo la sabiduría de la que es capaz, también a través de palabras, haciéndolo razonar. Así pues, Sócrates parte de la premisa de que, para conocer la verdad, es necesario despojarse primeramente de las ideas con las que la persona convive y sobre las que se ha erigido una vida más o menos cómoda.

A diferencia de los sofistas, quienes enseñaban valiéndose de largos discursos en los que el juego retórico constituía el mayor método de persuasión, Sócrates, defensor de una antropología del alma y su prioridad, se sirve del diálogo y de las preguntas y respuestas para llegar a la verdad. Formalmente, la ironía constituye el medio eficaz para desenmascarar la aparente sabiduría de sus interlocutores. Como recurso de este signo, la ironía encuentra su ubicación y funcionalidad en la parte destructiva del método socrático. Pero este filósofo no se detiene en la negatividad de sus procedimientos, ya que persigue más bien la verdad, y ésta se le revela siempre positiva. A este ocultamiento y abajamiento de su interlocutor, adjunta necesariamente el camino ascendente. Se trata del seguimiento minucioso de un plan estratégico, método que patentó el original vagabundo con el nombre de “mayéutica”. La segunda parte del procedimiento, luego de haber desarmado intelectualmente a su candidato, consiste, precisamente, en encarar el paso constructivo: sacar a la luz las verdades que encierra el alma.

Es importante recalcar en Sócrates este segundo paso de su método, para poder hacerle justicia con rigor; su constatación, el “sólo sé que no sé nada” al que llegaban las víctimas de su atrevida conversación, marca ya la línea relativista de la ironía hasta nuestros días. Pero nada más lejos del relativismo lo pretendido por este filósofo de la antigüedad: Sócrates estaba convencido de que el hombre era capaz de llegar a la verdad, aunque se equivocaba en la valoración de la naturaleza humana, porque pensaba que llegaría a ella de un modo perfecto y sin dudas (Yarza: 2010).

laberinto (2)

Dibujo: Clara Casillo, “Laberinto”, publicado en la portada de mi libro “La ironía en los cuentos fantásticos de Adolfo Bioy Casares”- ver archivos.

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