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olor

Cuentan que los antiguos utilizaban una piedra o una tablilla para acordarse de algo importante. Un intermediario que despertara el suceso dormido, que pudiera adentrarse en los vericuetos del cerebro, bucear en los meandros de la masa encefálica hasta encontrar lo que echaban en falta.

De todos los intermediarios, creo que es el olor el que reproduce con más fidelidad la vivencia en su inmediatez pretérita y la trae una vez más al presente: exacta. El olor despierta la geografía, el lugar, la época, la situación, y nos la pone delante una vez más. La desventaja es que esta imagen de la memoria, casi sensorial, es efímera. No la podés retener. Y caprichosa: viene de repente, sin buscarla. Te sorprende al dar la vuelta a la calle. Al salir con prisa hacia el trabajo. Te transporta; y te hace cerrar los ojos en un intento de evasión. Aspirás fuerte. Casi tenés la impresión de que al abrirlos, ahí estará: el recuerdo perdido… un instante sólo. Y ya se fue.

El olor no es la tablilla de los recuerdos, aunque arrastre tras de sí nuestras potencias superiores y reviva el objeto deseado a nuestros sentidos, por demás siempre anclados en el presente.

El olor es efímero. Es libre y no se deja embotellar. Pero es fiel a su modelo y carga a la imagen del recuerdo de un contenido casi corpóreo.

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