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Libro_recuerdos

Ana María Shua me contó que cuando recibió la beca Gugenheim para escribir “El libro de los recuerdos” se había propuesto verdaderamente escribir recuerdos de su familia y comenzó a entrevistarse con parientes. Sin embargo, la primera dificultad surgió al comienzo de su intentona cuando le preguntó a una tía venida de Australia sobre un episodio familiar que la autora había escuchado varias veces de su padre. Esta señora le contó una versión totalmente distinta del mismo hecho, en el que su hermano no quedaba precisamente bien parado. La conclusión de Shua fue que ambos decían la verdad, cada uno como la recordaba. Y es que el registro de nuestra memoria es subjetivo y traicionero, no reproduce la verdad sino la impresión, con el filtro personal y quizás alguna coacción que lleva a forzar la estampa en aquella dirección. Más o menos consciente.

Entonces Ana Maria Shua decidió dar un vuelco total a su proyecto: cambió a los judíos sefarditas por asquenasis y no se preocupó más de contar verdades sino cuentos con algunas verdades. Además quiso justamente imprimir en su texto episodios contados desde distintos puntos de vista y dejar a la vista las variaciones, que responden a intereses también diferentes.

En este sentido, el libro está muy logrado. Sin embargo me da pena que la familia no quede muy bien parada ya que parece que la autora se regodeara en poner al descubierto las miserias de sus personajes y su decadencia. Me hubiera gustado más que fueran un poco más reales, es decir, con una parte buena y noble, que a veces se echa en falta. Amo a los inmigrantes porque construyeron nuestro país con un esfuerzo heroico y abnegado. Porque al principio les era un país ajeno, y seguramente lo primero que les surgía era la comparación con el terruño dejado atrás. Y las comparaciones siempre son odiosas. Sin embargo, las superaron, y se dejaron el cuero trabajando en tierra extraña, que a más tardar cuando nacieron los hijos, comenzó a echar raíces en su alma.

Me gustan los inmigrantes judíos de Gerchunoff, aunque está claro que en el marco del centenario, este autor de lenguaje cervantino quiso poner por delante el idilio del crisol de las razas. Todos necesitamos un pasado heroico que recordar, y aunque a veces sea éste un poquito forzado, es verdad que le debemos a nuestros ancestros el camino que nos han allanado.

¿Y además, no se habrá despedido Ana María Shua con mucha prisa de su deseo de hacer una crónica? ¿No les pasa acaso lo mismo a los historiadores cuando comienzan a buscar material para escribir sus historias oficiales? La diferencia radica en que a los recuerdos literarios les está permitido ser ficción, mientras que a la historia no, aunque muchas veces lo sea, manipulada por los gobiernos o ideologías de turno.

Shua, Ana María (1994): El libro de los recuerdos. Buenos Aires: Sudamericana.

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